El Monte de Plutón

 

Plutón es el dios romano del mundo subterráneo, conocido como Hades en la mitología griega.

Es hijo de Saturno y Cibeles y hermano de Júpiter (dios del cielo)  y Neptuno (dios del mar). Fue devorado por Saturno y posterior- mente liberado por su hermano Júpiter. Plutón, en la mitología r, había ayudado a sus dos hermanos, Júpiter y Neptuno, a derrocar a su padre, Saturno. Al dividirse el mundo entre ellos, Júpiter escogió la tierra y los cielos como reino; Neptuno se convirtió en el soberano del mar, y Plutón recibió el submundo, el reino de la oscuridad, donde gobernó sobre las sombras de los muertos. Con un casco que le volvía invisible, se convirtió en el Dios de las tinieblas y de lo oculto. Como el planeta recién descubierto se hallaba tan distante del sol, apenas recibía luz y vivía en la oscuridad, el nombre resultó apropiado. La tradición señala a Plutón, que gobernaba el universo junto con sus hermanos, como el menos relevante dentro de la tríada del Olimpo. Su esposa fue Proserpina, hija de su hermano Júpiter; Plutón la raptó para casarse con ella y vivir juntos en el Tártaro, el mundo subterráneo. Sin ser un dios cruel, resultaba temible ya que las almas bajaban a sus dominios después de que Mercurio les comunicaba el fin de  sus días. Plutón era el dios más odiado. En pocas ocasiones subía a la superficie, donde no poseía nada. Su atributo era el yelmo que lo hacía invisible, un obsequio de los Cíclopes al ser liberados por él y sus hermanos. La literatura que existe sobre este dios es verdaderamente rica y fascinante; su lado oscuro le confiere un misterio que en otros dio- ses olímpicos pasa inadvertido. No es un monte que se observa a simple vista como el resto. Para localizarlo es necesario tocarlo, palparlo; como el dios que lo representa, está siempre por debajo de la superficie. Para comprobar su existencia es necesario pre- sionar esta zona con el dedo    pulgar (Dedo de Venus) por la palma de la mano y el dedo medio (Dedo de Saturno) por el dorso. El Monte de Plutón no existe si al presionar notamos que es tan delgada que ambos dedos casi pueden tocarse a través de ella. Por el contrario, si al presionar advertimos que algo separa a los dedos pulgar y medio, significa que hemos encontrado el Monte de Plutón.

El Monte de Plutón, al no ser visible, nos habla del inconsciente, donde se encierra lo más profundo, todo aquello que no puede ser percibido a simple vista.

En el inconsciente se encierran todos nuestros secretos y tesoros más preciados. Es necesario hacerlos aflorar y no reprimirlos, ya que si se quedan allí pueden terminar convirtiéndose en obsesiones.

El Monte de Plutón indica esta necesidad de sacar lo más íntimo de uno mismo de forma consciente. De lo contrario, si no se con- trola y aflora libremente, su aparición puede ser brusca y muy irracional; sería como un volcán, incontrolable, y para los demás, dañino y peligroso.

 

El Monte de Plutón nos indica la frontera, el límite exterior, es nuestra última posibilidad y lo que tenemos como tesoro interno,  lo que nos permite ir más allá una vez que hemos conocido nues- tras limitaciones.

 

Pero es necesario ser honesto con uno mismo. Cuando respetamos nuestros miedos y carencias y reconocemos honestamente nuestras propias limitaciones, las estamos atrayendo al plano consciente y podemos entender nuestros defectos al igual que nuestras virtudes.

 

Visto así, la muerte que simboliza Plutón significa tan sólo una transformación, el paso de una etapa a otra. Sin embargo, esta transformación precisa de una honradez intachable; de lo contra- rio, se anulan las posibilidades de evolución y sólo aflorará la bru- talidad y agresividad contenida tanto tiempo, cuya extroversión termina siendo incontrolable.

 

Las diferentes etapas que se atraviesan a lo largo de la vida representan el ir “matando”, resolviendo situaciones para reencontrarse con uno mismo en una etapa superior; es decir, crecer y superarse.

Sólo la búsqueda del tesoro interior te hace llegar aun conocimiento honesto de tu propia realidad.

 

 

La máscara de es la analogía ideal para un dios que no se puede ver.

 

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